Para los que no se han familiarizado con esta serie, American Horror Story: Coven es la tercera serie de la antología de terror “American Horror Story”, trasmitida por Canal FOX. La gran mayoría ya debe haber escuchado antes el nombre de Ryan Murphy, creador de la serie. Si son como yo, ingenuos y misericordiosos, habrán visto toda y cada una de sus series hasta el final,  a pesar de que eventualmente se derrumban hasta con el más leve roce de la lógica. Sin embargo, algo tienen las series de Murphy que hacen que queramos hundirnos con el barco, y eso no lo digo como halago. Sospecho que es la nostalgia de los primeros capítulos.

Murphy siempre se ha destacado por crear personajes transgresores. Su trademark es impactar a través de la violencia y el sexo, y a raíz de ambos nacen algunos de sus personajes más icónicos, como Christian Troy (Nip/Tuck) y “Bloody Face” (American Horror Story: Asylum), por ejemplo. Pero cuando el impacto es forzado y se origina desde un capricho pretensioso, automáticamente deja de ser impactante, ¿no?.  De hecho se vuelve todo lo contrario; aburrido. La pretensión es un problema constante en Coven. La atmósfera y su maraña de sucesos exclaman a gritos superficialidad, en especial sus personajes. Este año, los personajes en American Horror Story no son nada más que lo que ves. Sus dos o tres características principales los definen y los mueven de un suceso repentino a otro. No existe tridimensionalidad, ni paradojas de personalidad. Coven no nos deja nada a la imaginación. No ahonda en los sentimientos ni en cómo estos conflictúan al personaje, si no que Murphy optó esta temporada por ahondar en giros de trama que carecen de veracidad y congruencia (los géneros sobrenaturales o de ciencia ficción no excusan la inverosimilitud). Lo que da calidad a las series, más allá de tramas apropiadamente unificadas, son personajes fáciles de reconocer. Personajes reales, con defectos, virtudes, contradicciones y que, por sobre todo, son susceptibles a mutar y/o a salir de su arquetipo original. No hay nada más absorbente que un grupo de personajes que sorprenden. Que nos impactan en los momentos claves con su actuar inesperado ante situaciones que creímos tendrían un resultado predecible. Porque en la vida real las personas son mucho más que rasgos de personalidad, palabras y acciones. Son conceptos abstractos con una cierta esencia que los distingue. Esencia que los buenos escritores saben capturar y que nos dejan oler de vez en cuando para recordarnos su punto de partida y cómo han madurado. Lo más decepcionante es que esa esencia  estaba en la primera temporada, American Horror Story: Murder House. Es más, me atrevería a decir que eso era lo espeluznante. Personas reales atrapadas en situaciones paranormales y amenazadoras que escapaban a nuestra lógica. Incluso en American Horror Story: Asylum los personajes eran atrapantes, aunque menos que en Murder Huse. Pero, para la no sorpresa de todos, no ha sido así en Coven.

Cuando se tiene personajes más caricaturescos que humanos, se pierde la empatía por ellos. No sentimos que estamos en su lugar y pasamos a ser meros espectadores. Y la regla número uno del cine y la televisión es hacer que el espectador esté tan inmerso en la historia que le estamos contando que olvide que hay montaje, efectos especiales, iluminación y música de por medio.

En definitiva, hay algo que Ryan Murphy no ha logrado captar, y es que los tabúes se vienen rompiendo hace décadas y hoy en día, ya nada nos sorprende. La raíz de un buen guión radica en las historias que contamos, y cómo estas marcan al televidente, no en la irreflexión y el entretener. Hacer sentir es la meta, y eso se logra exponiendo sentimientos reales a través de personajes reales.

Una vez a Ryan Murphy le salió mal todo lo que le podía salir mal. Y me temo que este círculo vicioso se seguirá repitiendo en el futuro.