Homeland desde la otra vereda

Siempre me quedo en la mente una frase de Papelucho cuando se pierde y él dice que su mejor opción era ir hacia donde todos iban. Yo elegí lo contrario: descubrí Homeland tiempo (quizás años) atrás y nunca le di la oportunidad. La sola carátula decía a gritos que era la típica serie gringa con aires bélicos, gringos héroes del mundo, gringos bonitos, política gringa, todo gringo. Quizás la evité porque se veía densa, de esas series llenas de diálogos donde nombran personajes que aún no han aparecido pero que los protagonistas conocen a cabalidad y de situaciones que a todos marcaron, donde solamente esbozan pequeñas pistas de éstas y uno entre tanto lenguaje en código cifrado, se aburre.

Hasta que (aquí es donde la trama da un vuelco) un día vi un capítulo y no pude parar, por lo que, en un par de semanas, vi las dos primeras temporadas. Sí, me volví adicta: hacíamos un gran equipo mi pijamas, las sopas de costillas con fideos y los delirios no tan delirios de Carrie Mathison (Claire Danes).

Lamentablemente me sobreinstruí acerca de la serie, aunque admito que me alegré de saber que la rompieron en los Golden Globes años anteriores y que los actores más ‘taquilla’ no se perdían ni un capítulo, incluyendo Jennifer Lawrence. Y bueno, a propósito de ella (nos pasó lo mismo), me ‘sacaron de onda’ los spoilers de la tercera temporada y las críticas que apuntaban a que Homeland ya no era lo mismo, que prácticamente los años de gloria se habían ido. Es por ese motivo que seguiré viendo la primera y la segunda temporada de manera maratónica, tal cual lo vine haciendo hasta ahora, para tener el valor y el coraje de enfrentarme a una tercera temporada que han catalogado como ‘la prima pobre’ de las dos previas. Aunque no pierdo la esperanza de que todo sea momentáneo, tal como en la misma serie, igual que la cordura perdida por momentos pero recuperada de Carrie, Brody, Saul, Jessica, Mike, Estes, Quinn, Dana, suma y sigue. Lo interpreto como lo que nos deja esta obra maestra: todo tiene matices, todos tenemos de luz y de sombra (lugar común, perdón) y finalmente no es necesario ser (como las Bolocco) ‘bueno, bueno’, sino que podemos transitar por las dos veredas para ser felices o al menos continuar viviendo.