Antiheroína, egoísta, alcohólica, odiosa. Todo al punto de ser desagradable. Hay que irse con cuidado con Jessica Jones. De entrada cuesta engancharse con el personaje, sobre todo por lo descrito anteriormente, porque en ese sentido la empatía con el espectador es un terreno pantanoso de odio o idolatría. Un puente al que le cuesta establecer sus bases, pero una vez que logra asentarlas se transforma en una producción que adopta un carácter adulto que, para el bien de las adaptaciones de Marvel, se desmarca de la estupidez con intenciones cómicas que ha cultivado últimamente la firma comiquera en su universo cinematográfico cohesionado.

Estamos en la era del binge-watching y, gracias a eso, la serie puede sobrevivir y darse el lujo de ponerse interesante recién al tercer episodio. Esto sobre todo porque es en ese momento cuando hace su entrada derechamente el villano de turno: “Kilgrave”, un personaje carismático, con intenciones que tienen una vuelta más allá del “quiero apoderarme del mundo o acabar con los héroes de turno”, delineándose como alguien particularmente cautivador y atractivo de ver en su evolución. Es una de las claves que llega a dar sentido a la protagonista y que encarrila el caos del drama que estamos viendo.

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En la línea de lo que ya fue Daredevil a principios de año, la investigadora privada Jessica Jones se desenvuelve en un universo que, si bien está vinculado al de los otros superhéroes de Marvel, es mucho más oscuro y se propone como ese terreno gris en que se difumina el concepto de moral, mezclándose con el delirio personal de la responsabilidad de tener superpoderes y utilizarlos para cosas socialmente aceptadas como “positivas”.

La serie es más un examen psicológico que un derroche de efectos especiales y movimientos de cámara a destajo para sobre excitar la pupila en una escena de acción. Es más la construcción de un personaje atormentado por tener capacidades diferentes al resto y cómo las puede utilizar. Y aún con superpoderes de por medio, la serie se apega más a la realidad con combates erráticos, en vez de bailes coreografiados, y decisiones que no siempre conducen a los mejores resultados, la mayoría de las veces desmoronando la vinculación entre los personajes.

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El lado “sucio” de Jessica Jones la hace creíble y digerible, una vez que pasaste la barrera de la personalidad principal. Porque no es fácil llevarse con la protagonista y los personajes “poco sanos” que la rodean. Y aunque estos últimos a ratos parecen un mero adorno, finalmente se transforman en piezas que logran encajar en esta historia de imperfecciones y tormentos.

Netflix le sigue haciendo bien a las series con Jessica Jones. Se hablan y muestran las cosas como son. Su antiheroína es una mujer empoderada en lo psicológico y lo sexual, pero con quiebres que definen la complicada naturaleza que tiene. Sus compañeros no siempre son determinados paladines de la justicia con objetivos claros. La homosexualidad es un ingrediente natural en la historia y no un elemento burdo de impacto. Los abusos, la corrupción y la decadencia no tienen luminarias de bondad, son despiadados. El objetivo de la serie de ser algo distinto y refrescante se cumple, la odies o la idolatres, eso es imposible de negar.