En el documental The Art Life, sobre el inicio de su carrera, David Lynch cuenta que vivir en Filadelfia le ayudó a encontrar su dirección artística, porque era una ciudad sin esperanza, con gente racista y enojada. Hay una noción equivocada de que hacer surrealismo es obedecer a reglas descolgadas de la realidad para dar vida a imágenes del subconsciente, pero incluso en sus momentos más surrealistas, en la obra de Lynch siempre resonó un malestar social, y eso nunca quedó tan evidente como en esta vuelta de Twin Peaks.

Originalmente, la serie de televisión de Lynch y su co-creador, Mark Frost, fue pensada como una especie de broma, una trama policíaca con formato de telenovela que, en lugar de revelar a la semana al asesino, mostró las perversiones del estadounidense promedio, una espiral de revelaciones y causalidades intrascendentes. Aparece en un momento en que Lynch estaba en su apogeo cinematográfico (la primera temporada salió al aire en 1990, el año en el que el director ganó la Palma de Oro en Cannes por su largometraje Wild at Heart), por lo que Twin Peaks siempre le ha parecido un proyecto lúdico, uno de vanidad.

La primera cosa que cambia ahora que la serie volvió para una tercera temporada, casi 30 años después, es que Twin Peaks ya no es un experimento de televisión abierta y se convierte en el principal canal de la expresión audiovisual de Lynch, cuya carrera en el cine quedó estancada después de Inland Empire (2006). En esta “inactiva” década, en la que Estados Unidos pasó por la crisis de vivienda y el desencanto del establishment, los 18 episodios de Twin Peaks muestran una mirada reactiva bastante melancólica ante la miseria económica que se abatió sobre la clase baja y media del país del norte.

La esperada continuación se muestra muy ambiciosa como la captura de un sentido colectivo y rara vez Lynch, que parece creer en el mantra la televisión es el nuevo cine“, fue tan político como ahora. Tenemos una narrativa que, a pesar del tono irónico, cree mucho en la capacidad de fabricación del acto de contar historias, como cuando Albert le pasa a Tammy el primer caso paranormal que investigó en 1975, o la historia del guardia británico con guante de goma verde, o cuando Michael Cera cuenta sus aventuras en la carretera. Con esto el espectador no gana imágenes de flashback para ilustrarlas y “darles vida”, todo lo que tenemos es el relato oral del personaje y no hay otra alternativa que creer en él (excepto en el flashback que implica a Monica Bellucci y David Bowie, porque allí existe una obligación moral de colocar a Monica Bellucci y David Bowie encarnados en imágenes).

El baile de Audrey, ¿real o producto de su imaginación?

Twin Peaks es una serie que, detrás de su supuesto carácter lúdico, cree en el poder de la historia, ¿qué tiene que decir David Lynch al mundo? ¿Qué sentimiento colectivo es el que busca capturar? El cineasta no se hace el desentendido con el origen de sus obsesiones: el Estados Unidos de su infancia, los suburbios hechos de fantasía y de los mitos de carreteras sin fin, la noción de la familia nuclear con sus mujeres vulnerables y sus hombres con camisa de leñador. Todo eso queda plasmado en una tercera temporada que hace un gran recorrido por la mente de este creador.

A partir de 1945, con la bomba atómica (flashback apocalíptico que Lynch nunca hiciera en su carrera, aunque en la práctica siempre lo asombra), asistimos a un deterioro del cuerpo y del espíritu, y la presencia de espectros en el mundo físico es el gran tema de la temporada: sea en esas especies de “zombies” cubiertos de suciedad, el “Cooper malo”, o incluso en la existencia de una comisaría dentro de la propia comisaría de Twin Peaks. Los fantasmas existen y pasan entre nosotros, y en este Estados Unidos post-crisis, donde incluso el RR Diner fue tomado por las grandes corporaciones, los pequeños emprendimientos individuales son encuadrados frontal y geométricamente como mausoleos: la gasolinera de Big Ed, la tienda de cortinas de Nadine, etc.

Hawk está mucho más presente en esta temporada, pero no para llenar la ausencia de Harry Truman (el actor Michael Ontkean no quiso participar en este regreso), sino porque es el enlace más remoto del Estados Unidos de hoy con sus fantasmas del pasado. Uno de los momentos más fuertes de la temporada, junto a la imagen Lynch debajo del cartel de la nube nuclear, es nada menos que la despedida de Catherine Coulson, conocida como “Log Lady” (quién alcanzó a grabar sus escenas antes de fallecer en la vida real). Es este dúo que hace con Hawk el que revela otro motivo sustancial que Lynch quiso dejar dentro de la historia: hay un mal generacional, y que es una alineación que viven hoy las personas en Twin Peaks bajo el peso de ese mal, personajes que parecen cáscaras de personajes pasados, hablando solos y escuchando sonidos que no existen (aunque el formidable diseño de sonido filmado por el propio Lynch nos muestre que si existen).

A lo largo de 18 episodios que transcurren con aparente descompromiso, lo que vemos es una serie que deja cocinar dentro de sí no a los pequeños pecados de lujuria juvenil de la primera temporada, sino una enfermedad social mayor. Todo está hecho de lugares amplios y vacíos en el corazón del país, de terrenos baldíos y casas sin niños, e incluso en el lento plano aéreo de una Manhattan toda iluminada que abre la temporada, la “big apple” parece en animación suspendida sin alma. La conclusión anticlimática de la serie con el viaje por la carretera de noche (y ese grito final) retoma eso, la incertidumbre, el vacío. Cuando vemos en esta temporada algún signo de normalidad y “salud”, aparecen como un apéndice desplazado de la serie, como los números musicales en el Roadhouse llenos de un público joven en trance (y que hasta casi el final pueden ser sólo un delirio en la cabeza de una Audrey hospitalizada por demencia, nunca se sabe).

Tal vez sea más preciso decir que el surrealismo para Lynch no es operar bajo la lógica de los sueños y sí bajo la lógica de las pesadillas, porque las imágenes que lo asombran están en el pasado. Fuimos testigos de 18 espectaculares episodios que son casi un evento especial para la televisión hoy. Desgraciadamente, los días del imperio de los sueños ya se han ido.

La tercera temporada de Twin Peaks se encuentra en Netflix.

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