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[REVIEW] ‘Alguien tiene que morir’ es realmente desechable

Netflix se caracteriza por estrenar diversas cosas en su plataforma. A veces acierta con series muy buenas recomendables, otras que no son propiamente malas y que logran su objetivo de entretener… y otras derechamente malas, como Alguien tiene que morir.

Para aquellos que (afortunadamente) se han perdido este nuevo producto español, la historia se centra en una familia de los años 50, cubierta de secretos. El principal arco narrativo se relaciona con el hijo de la familia mencionada, Gabino, que mantuvo oculto el hecho de ser gay, un hecho que molestaría (y lo hizo) a todos los parientes.

Obviamente, para un drama de época, tenemos que tener en cuenta las costumbres de esa época. Gabino está bajo presión para casarse y conseguir un trabajo estable. Gabino espera seguir viajando en lugar de quedarse bajo el mismo techo que su padre, que está tratando de organizar su existencia. La comunidad pronuncia repetidamente insultos homofóbicos, demostrando un descontento real con los rumores o la posibilidad de que algunos de sus ciudadanos sean gays. Es una verdadera caza de brujas. Alguien tiene que morir, al menos, saca a la luz la teoría de que como raza humana siempre tememos lo que se percibe de manera diferente, combinándolo con la opresión violenta.

Dejando de lado el mensaje políticamente correcto, que últimamente está muy de moda en las series de televisión, aunque signifique forzar algunas subtramas (pero esto es otra cosa), vemos una narración al estilo completo de El Secreto. Y es lo peor de la serie.

Lo que tiene grandes problemas no es sólo el hilo de los tres episodios (que se hacen eternos) sino también las subtramas: no se investiga nada adecuadamente y los personajes están construidos a grandes rasgos. Esto lleva a una inevitable y aparente exageración de algunas escenas, que tal vez habrían tenido más sentido si los episodios hubieran sido más numerosos. Para rodear esta imagen, la música. O tal vez sería mejor decir LA música. Una sola melodía que acompaña las escenas que deben – en mayúsculas QUE DEBEN – transmitir ansiedad o miedo, ayuda al conjunto a convertirse en algo que no logra despegar.

No había tiempo para hacer crecer y madurar a los personajes, no había manera de entender los pensamientos y decisiones de los demás: todo esto a expensas de la historia, que quería enviar un mensaje a la audiencia. Y sin embargo se perdió mucho tiempo: el clímax de la trama se desarrolló y murió entre el final del segundo episodio y el tercero, que terminó con un final que te deja asombrado (en un sentido negativo, por supuesto).

Episodios lentos, como si Alguien tiene que morir se hubiera preparado apresuradamente. La continua sucesión de pequeños eventos (algunos útiles y otros totalmente inútiles) le quita tiempo a los eventos centrales, lo que habría permitido al espectador entender muchas más cosas.

¿Dónde ver Alguien tiene que morir?

La miniserie está disponible en Netflix.